


El amor no es grande ni pequeño; es simplemente amor.
No se puede medir un sentimiento como se mide una carretera.
Si lo haces, empezarás a comparar con lo que te dicen,
o con lo que esperas encontrar.
De esa manera, estarás siempre escuchando una historia
es vez de recorrer tu propio camino.
Paulo Coelho


Osiris, hermano y esposo de Isis, reinaba en el antiguo Egipto con paz, armonía y sabiduría. El Nilo fertilizaba la tierra y las cosechas eran abundantes. Sus súbditos eran felices. Un día, Osiris salió de viaje para conocer otras civilizaciones y dejó el reino bajo el mando de su esposa Isis. Seth, su envidioso hermano, se sintió humillado pues creía que él debería gobernar y no Isis.
Cuando el dios Osiris volvió, Seth quiso hacer una gran fiesta de bienvenida y lanzó un desafío a los invitados: aquél que entrase en el cofre que Seth había traído, éste se lo regalaba como prueba de fidelidad y respeto. Muchos intentaron pero el cofre resultaba pequeño o grande. Osiris, curioso, quiso probar y le encajó perfectamente bien. Seth sabía el tamaño del hermano y era por esto que el cofre le había servido como un guante. Inmediatamente el hermano, junto con 72 cómplices, cerraron la caja de metal herméticamente y la arrojaron al Nilo.
Isis, con amor y confianza, empezó su travesía para recuperar el cuerpo de su esposo. Después de largas y penosas caminatas por Egipto, la diosa encuentra el cofre con los restos de Osiris. Pero el drama continúa cuando Seth, en su maldad sin fin, robó el cadáver y lo cortó en catorce pedazos que, nuevamente, esparció por todo el reino. Isis no se rinde y, en compañía de su hermana Neftis, la esposa de Seth, recorre cada lugar del reino. Finalmente consiguen encontrar todos los pedazos con excepción del pene. Sin embargo, Isis reconstruyó a Osiris ayudada por Anubis y Neftis, e impregnada de él concibió a Horus niño "Harpócrates", quien posteriormente vengaría a su padre luchando contra Seth.
¿Alguna vez hicieron la prueba de caminar con los ojos cerrados durante más de 5 segundos? Por más que haya una recta despejada por delante, algo nos obliga a abrir los ojos. Inseguridad, miedo, desconfianza, necesidad de tener todo bajo control. Más o menos como en las relaciones vinculares.
Cuando hablan las almas, las imágenes del afuera sobran. Será por eso que cerramos los ojos cuando besamos de verdad, cuando unimos los cuerpos, cuando un suspiro nos da esa sensación de invencibles.
Cerrar los ojos es un gesto de confianza plena, de no necesitar ver todo para confirmar lo que uno siente. Que bueno entonces, poder caminar de la mano con alguien que nos transmite las cosas desde el alma; andar con los ojos cerrados en una relación requiere mucho de las dos partes. Es dejarte caer sabiendo que incondicionalmente tu compañero/a va a sostenerte. Es en realidad la mejor forma de vivir una relación, sin "atrapar" a nadie, sin "atarlo", solo dejando que inconscientemente te vuelva a elegir cada día y sienta la dicha de compartir el camino con uno.